OPINION

La victoria posmoderna
 por Federico Armada

Mucho se ha dicho y se va a decir sobre las elecciones del pasado 10 de julio en la Ciudad de Buenos Aires.
Hay análisis que van desde la agresión al electorado hasta los pases de facturas internos.
Desde este lugar intentaré hacer un análisis propio, que tal vez aporte una mirada distinta.
Lo que todos nos preguntamos es: ¿Por qué el 47% de los ciudadanos votó a Mauricio Macri?
La respuesta no es una ni es sencilla.



Lo primero que hay que analizar es la composición ideológica del electorado porteño.
La ciudad de Buenos Aires está dividida en tercios: uno progresista o de centro-izquierda (en todas su variantes), una de derecha y conservadora, y otra fluctuante, que vota según la coyuntura.
Hay un tercio que siempre votó y votará a la derecha. Es el mismo 30% que votó a Erman González, a Cavallo, a Macri en el 2003, a Macri en el 2007 y en el 2011.
Otro tercio, el progresista (término que muchos desprecian y tal vez sea uno de los factores de la derrota), dio su voto a Aníbal Ibarra para ganarle a Cavallo en el 2000. También hizo lo mismo para ganarle a Macri en el 2003. Y lo repitió en las elecciones del 2007 votando a Filmus y en las del domingo pasado también.
El tercio restante no es tan ideologizado. Su voto se decide por otros factores. A veces coyunturales, a veces azarosos, a veces inentendibles.
Tanto en el año 2000 como en el 2003, se logró convencer a ese tercio de la sociedad de votar una opción de centro-izquierda.
No es cierto que la ciudad sea reaccionaria. El electorado porteño es muy particular, y ha elegido al peronismo (Erman González), al radicalismo (De la Rua), a la centro izquierda (Ibarra) y a la derecha pura (Macri).
¿Por qué esta vez no pudimos convencer?
Porque ganó el discurso y la campaña posmoderna impuesta por Macri y del otro lado no hubo casi nada para entusiasmar.
El jefe de gobierno apeló a un discurso apolítico (sin ser él apolítico ni mucho menos). Las consignas eran la no confrontación, la alegría, la “buena onda”, el “vecino”, las “soluciones concretas a los problemas de la gente”. Sin contenido ideológico, sin discurso político, sin confrontación (que eso es la política). En definitiva, apeló a una idea básica: “no tengamos problemas, seamos felices”.
¿Por qué decimos que es un discurso posmoderno? Porque la posmodernidad se basa en esos mismos pilares: no hay un gran relato, no hay una Historia en disputa, no hay ideologías, no hay política. La posmodernidad, que tuvo su auge en la Argentina de los 90, provocó un retiro a lo privado, a la intimidad, a lo propio. Cada uno debía encargarse de sus cosas, de sus problemas. Cuidar lo propio. No había que participar en política, porque no servía para nada. No había nada por lo que luchar.
Y en estas últimas elecciones en la ciudad, muchos eligieron ese camino. No querían problemas, ni cambios, ni disputas, ni grandes batallas.
Mauricio Macri tuvo la habilidad de llevar la política a su mínima expresión. Logró que no se discutiera su gestión. Una gestión que, en términos objetivos, fue poco y nada.
De nuestro lado, de los que queremos una ciudad distinta, no hubo nada para contrarrestar ese gran discurso político que es el discurso apolítico.
No se logró convencer a los ciudadanos de que no podemos vivir felices y sin problemas cuando la gestión es desastrosa. Tampoco pudimos demostrar que esa gestión era desastrosa.
Analizando el desarrollo de la campaña, a Daniel Filmus (quien es un excelente candidato) se lo vio solo. Los apoyos y adhesiones que había conseguido fueron tapados, relegados.  En vez de mostrar un colectivo amplio, se vio un círculo cerrado.
Se apostó a que se ganaba la ciudad de Buenos Aires con el sólo hecho de pertenecer al gobierno nacional, que goza de muy buena imagen en todo el país, pero que no logra hacer pie en estas tierras.
La paradoja es que se presentó a Filmus como parte del gobierno nacional, pero no recibió del mismo todo el apoyo que se necesitaba.
Entonces, mientras Macri invitaba al electorado a “ser feliz”, desde este lado se tapaban los apoyos a Filmus y no se elaboraba un discurso que entusiasmara.
¿Qué es lo que hay que hacer para recuperar la Ciudad?
En mi humilde opinión, hay que mostrar un colectivo amplio, que exceda los límites del kirchnerismo puro.
Hay que ofrecer una ciudad distinta, con propuestas concretas (que las hay).
Hay que demostrar que esa ciudad imaginaria donde todo está bien es simplemente eso: imaginaria.
Hay que convencer al votante de que esta ciudad no es la ciudad que el votante quiere.
Hay que impedir, con ideas, que gane la idea posmoderna.


                                                                                                             Federico Armada

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