Definiciones y modelos‏

Por Aníbal Ibarra
Es un año de importantes definiciones en la ciudad de Buenos Aires y en la Argentina. El 10 de julio se define si el modelo de la derecha continúa cuatro años más en la ciudad. Y en octubre se decide la profundización o el cambio del modelo nacional iniciado en el 2003.

Ambos modelos son absolutamente contrapuestos. Uno es autoritario, el otro tolerante. Uno transfiere recursos públicos al sector privado en forma escandalosa, el otro transfiere a los sectores más vulnerables (asignación universal por hijo a embarazadas y aumento a jubilados, por dar ejemplos). Uno se endeuda para tener disponibilidad de caja, el otro se desendeuda. Uno se victimiza, el otro se hace cargo. Uno privatiza, el otro nacionaliza. Uno desinvierte en viviendas sociales, el otro construye viviendas sociales. Uno está protegido por las corporaciones mediáticas, el otro confronta con las corporaciones mediáticas. Uno pone empresarios a administrar el Estado, el otro coloca representantes del Estado en las empresas privadas en las que tiene participación accionaria. Uno admira políticamente a José María Aznar y al Partido Popular español y el otro apoya a los gobiernos de izquierda de América Latina. Uno dice que fueron “desgraciadas circunstancias” las de la dictadura del ’76 y el otro dice que fue un genocidio. Y así podríamos seguir un buen rato.

Macri desistió de su candidatura presidencial y bajó a competir a la ciudad. Disfrazó esa decisión de una estrategia de consenso con aliados. Pero en castellano se dice miedo político o convicción de que perderá por escándalo en octubre. Sin posibilidades de ganar en las elecciones de octubre frente a una Cristina en continuo ascenso el riesgo a quedarse sin nada lo llevó a competir en la ciudad. Esa actitud de Macri de intentar preservar al menos la ciudad ya empezó a evidenciarse cuando puso las elecciones locales bien lejos del mes de octubre.

Tanto Caputo (empresario amigo de Mauricio y “vicejefe de hecho”) como Durán Barba insistieron ante Macri para que se bajara de la disputa nacional. Aquél porque necesitaba que le protejan los negocios que tiene en la ciudad y éste porque ve un horizonte de descalabro en octubre para las pretensiones de su pupilo.

También baja a la ciudad Pino Solanas. Después del armado de una fuerza nacional para disputar las presidenciales, deja a sus aliados en orfandad y se decide a competir en la ciudad. La segura derrota en octubre no es una novedad para Proyecto Sur, ya que desde la gestación de la candidatura presidencial de Solanas sabían que una victoria era imposible. Pero tenían mucha confianza en llegar a ser una tercera fuerza importante que fuera árbitro en una segunda vuelta electoral y que tuviera una presencia relevante en la próxima conformación de la Cámara de Diputados. Nada de eso parece posible en el actual escenario político y entonces, para curarse en salud, intentan llegar al balotaje en la ciudad y ganarle al macrismo en la segunda vuelta.

Sucede que esa estrategia significa competir directamente con los K y con los espacios centroizquierda de la ciudad. Para alcanzar su estrategia, el solanismo debe ganarle antes al progresismo porteño. Dicho de otra manera, la decisión de Solanas es directamente funcional a los intereses del macrismo. De esa manera, las corporaciones mediáticas tendrán dos candidatos, uno por derecha, Mauricio Macri, y otro por izquierda, Pino Solanas.

A nivel nacional los candidatos opositores se fueron cayendo de a uno. Primero fue Cobos, luego Sanz, Duhalde y Rodríguez Saa hicieron un papelón. Macri y Pino se bajan. Sólo queda Alfonsín con un radicalismo debilitado por sus internas y por el mal desempeño en los primeros test electorales. Frente a esta debilidad política parece que la decisión es salir por derecha, esto es, aliarse en Provincia de Buenos Aires con De Narváez y en la Capital con Mauricio Macri.

Esta estrategia no sería sorprendente con Cobos o con Sanz a la cabeza. Pero cuesta entenderla con Ricardo Alfonsín que solía marcar límites políticos y electorales algo más precisos. Parece que la necesidad electoral también tiene cara de hereje. Sanz se frota las manos. Se bajó frente a la certeza de una derrota electoral y deja al frente a su adversario político Alfonsín para que pague todos los costos. A partir de octubre le pasará todas las facturas correspondientes por el fracaso y quedará en la cúspide del radicalismo mirando al 2015 con una ilusión. No es de sorprender que Sanz despliegue esa estrategia.

Lo que no resulta fácil de entender es que Alfonsín acepte encabezar una segura derrota en octubre y encima pacte con De Narváez y Macri entregando así las banderas del progresismo radical del que era exponente.



UN FRENTE EN LA CIUDAD



En la ciudad se hace necesario armar un frente electoral que no sólo le gane al macrismo sino que esté en condiciones de gobernar recuperando el rol de un Estado con compromiso social y una estrategia política que tenga en el horizonte la igualdad y la integración de la sociedad porteña. Nuestra experiencia de gobierno y nuestra historia política nos ubican en un lugar de privilegio para esa disputa. Haber sido la oposición más coherente y eficaz en estos años de gobierno de derecha nos da un respaldo en este proceso electoral que es reconocido por importantes sectores.



¿Y EN NACIÓN?



En la Nación es fundamental no retroceder de las conquistas logradas estos años y profundizar un modelo político y productivo que, aún con deficiencias y claudicaciones, es, lejos, lo mejor que hemos tenido desde el retorno a la democracia.

El Frente Progresista y Popular asume los dos desafíos de cara a la sociedad y convoca a sus militantes a seguir desplegando un gran esfuerzo para este año electoral. Nuestros ideales y convicciones están intactos y los haremos valer tanto en julio como en octubre.


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